Murphy

 

 

“Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen” -dijo el Maestro. “No sabemos lo que hacemos, pero lo haremos igual” -dijeron los discípulos.

Ley de Murphy, de Manuel Pastrana Lozano

 

 

“Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Esa es la profecía autocumplida que ha sido la guía de todos mis actos. Desde luego, como si fuese su títere, ese viejo tirano apellidado Murphy ha manejado siempre los hilos de mi vida, a su completo antojo.

 

Sí, me arrepiento de haberme quedado soltero, pero claro: me horrorizaba la idea de que Gladys me pudiese dejar plantado en el mismísmo altar. Mi pobre corazón no lo hubiese resistido. Tampoco me atreví  a presentarme a la primera prueba de la oposición a inspector de Hacienda, a pesar de las interminables horas de estudio y de  las noches en vela. En este caso, la culpa la tuvo mi miedo al fracaso, sin importarme el elevado precio que estaba pagando a cambio de mi tranquilidad. Y así infinidad de decisiones que no he tomado, lastrado por el sempiterno “¿y si hay algo que sale mal...?”

 

Pero un día reuní las pocas fuerzas que me quedaban para plantarle cara al cruel destino. Sí, me conjuré para demostrarme a mí mismo que aquella creencia era absurda, del todo irracional. Así que cogí una tostada de pan y la unté de mantequilla. La arrojé al suelo cien veces seguidas, y las cien veces cayó del lado sin untar.

 

Exhibiendo una sonrisa salvaje, sabedor de que mi suerte había cambiado, corrí hasta la administración de lotería más cercana. Seguro de que no podia fracasar, aposté todos mis ahorros a un centenar de números distintos. Obviamente, quedé arruinado.

 

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