GEORGIA 1861

Su visión del mundo era singular.

 

Sus ojos, asimilados a dos lentes caleidoscópicas, brillantes y poliédricas, percibían una realidad desmenuzada en sus componentes esenciales. Así, lejos de reconocer formas, volúmenes o escenarios temporales, su percepción de lo real se circunscribía a las densidades atómicas de todo aquello que le rodeaba; de modo que tan solo era capaz de conceptualizar los distintos objetos haciendo comparaciones del tipo "esto es más denso que..." o "eso otro es menos denso que..."

 

Dada su naturaleza etérea, inaprensible como sus eones de existencia, sería del todo improcedente asociarle un nombre, una solitaria y diminuta palabra incapaz de abarcar sus gigantescos tentáculos, hechos de materia oscura y de tiempo. Una vez inventariado su mundo de procedencia, se hallaba enfrascado en la apasionante aventura de descubrir los maravillosos tesoros que a buen seguro se ocultaban en los fecundos oasis de materia bañada por la luz estelar.

A decir verdad, su conocimiento de aquel planeta azul se limitaba a las lecturas que mucho tiempo atrás hiciera de las Crónicas escritas por algunos de sus congéneres, donde estos hablaban de cosas tan asombrosas como los delicados recipientes que contenían fluidos que estaban vivos. Y en aquel preciso momento, varios de aquellos curiosos objetos se hallaban en el mismo centro de un claro de bosque, ligeramente más densos que los fríos gases que los envolvían. Al pensar en lo frágiles que eran aquellas criaturas, no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa de pura ironía en su indescriptible rostro.

 

*****

 

Isaías Adams amaba la vida. Paradójicamente, su existencia no había sido ni de lejos un lecho de rosas, pues para un esclavo negro como era él la fortuna o la desdicha nacían siempre de los caprichos del Amo. ¡Era tan fácil dar de beber un trago de agua fresca, o, en su defecto, soltar un desgarrador latigazo como respuesta a una determinada conducta! Se trataba, en efecto, de una versión siniestra del gran juego blanco y negro, donde el caballero sureño de tez pálida jugaba a ser Dios, administrando de forma arbitraria los premios y los castigos. Por su parte, el musculoso esclavo de cara carbón debía actuar en todo momento de la misma manera que se esperaba que se comportara cualquier animal de carga digno de ser alimentado.

 

A pesar de aquellas jornadas de trabajo embrutecedor en las inabarcables plantaciones, el joven Isaías no perdía jamás su cristalina sonrisa, exhibiendo con descaro sus perlas de marfil, mientras cantaba alegremente a la par que doblaba el espinazo entre las frondosas matas de algodón. Y la principal causa de su desconcertante alegría la constituía su firme creencia en que ni el mayor de los males de este mundo es capaz de dañar o corromper el alma humana, si no se permite que se extinga la llama de la esperanza.

 

Fue el descubrimiento por parte de su amo de la pequeña Biblia de bolsillo que ocultaba en su precario catre lo que dictó su sentencia de muerte. Así, según las reglas esclavistas, todo esclavo que tuviera la osadía de aprender a leer merecía sin duda la horca, puesto que la cultura depositada en manos de los esclavos era vista únicamente como el germen de la peor de las rebeliones contra el bendecido sistema esclavista.

 

Isaías Adams amaba la vida, pero los brazos que ahora aferraban su cuerpo, como invisibles cepos aliados de la noche, pertenecían a unos anónimos fantasmas, ataviados con túnicas blancas y ocultando su demoníaco rostro tras un puntiagudo capirote; quienes no se detendrían hasta escuchar con deleite el siniestro crujido de su cuello, una vez que hubiese sido espantado el caballo sobre cuya grupa permanecía sentado.

Fue extraño. Aquel huracán se transformó de pronto en una placentera y tenue brisa cuando el cuello de Isaías se quebró como una pajita, partida en dos por las juguetonas manos de un niño travieso. Él nunca hubiera podido imaginar lo fácil que podía resultar el tránsito hacia la muerte, hacia esa otra realidad que por desconocida se nos antoja más terrible que la vida misma. Una especie de frescor se había apoderado súbitamente de todo su ser, como si se hubiese quedado dormido junto al lecho de un río benigno, y fue entonces cuando reparó en la presencia junto a él de aquel ser inmaterial que había sido testigo mudo de su reciente ejecución.

 

Tras unos breves instantes de adaptación al nuevo medio, aquel diminuto organismo de materia oscura había optado por refugiarse entre los majestuosos y protectores tentáculos de quien ahora era su hermano mayor y guía al otro lado.

 

—¡Qué frágiles parecen dentro de su envoltorio de piel! -exclamó el que había sido Isaías Adams abriendo los ojos como un chiquillo ante el escaparate de una pastelería.

 

—Has hecho una excelente observación, pequeño hermano. No obstante, esos arrogantes seres no merecen que les prestemos mayor atención, puesto que son tan patéticos como para basar su percepción del mundo en un rasgo tan desdeñable como es el color del envoltorio al cual aludes. En cambio, desde nuestro punto de vista, todos ellos no son más que componentes indiferenciados de ese cultivo de átomos al cual llaman "Universo".

 

Y dicho esto último, el que era llamado El Mesías condujo de la mano a su nuevo compañero hasta las exuberantes y ensoñadoras planicies situadas más allá de los confines de la cara iluminada del Cosmos.

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Comentarios

Carles Leo
hace un año

Enhorabuena por el galardón para tu relato, Beri.

Un abrazo.

isan
hace un año

Hola Beri. Te felicité cuando leí el relato y lo vuelvo a hacer ahora con más convencimiento. Un abrazo.

Mirna Gennaro
hace un año

Felicidades, Beri! Un abrazo

Jorge Valín
hace un año

Enhorabuena por tu mención en el Tintero Beri. Un abrazo.

Isabel Caballero
hace un año

Georgia 1861 más que merecedor entre los mencionados en Tintero. Enhorabuena, compañero.

jm vanjav
hace un año

Hola, Beri. Parece que al final no de debí dar a enviar mi comentario el otro día. Bueno, el enfoque que le das a este relato de CiFi en el que el encuentro en la tercera fase es, precisamente, entre la transición de la vida y la muerte es interesante y original. Yo no la descartaría como teoría aunque no fuera capaz de probarla. Saludos y suerte 👽🖖🏼

Raquel Peña
hace un año

Un relato que envuelve un mensaje que llama a la reflexión de un universo invadido de falsos prejuicios. Isaías representa a todos esos cosmoseres renegados por esos invasores . Saludos desde Venezuela.

isan
hace un año

Hola, Beri. Me has dejado impresionado son versión del más allá, lo que hay después de la muerte que con tanta convicción esperaba Isaías porque lo decía El Libro. La esperanza que le daba vida, se hace realidad y se unía a un universo más amplio. Te felicito. Un abrazo.

Carmen Ferro
hace un año

Hola, Beri. He tenido que esperar un poco para leer tu relato, pero acabo de hacerlo y estoy fascinada. Tu narrativa está llena de matices que van más allá de las excelentes descripciones. Un relato de categoría, sin duda.
Un saludo.

Bruno
hace un año

Hola, Beri. Muy buen relato, eso que vaya por delante. Has conseguido unir con maestría la concepción del Universo como un todo con la del "Mesías", que tantas connotaciones tiene en nuestra historia y cultura. Centras la narración en un momento de suprema crueldad humana aunque bien podrías haberte decantado por un campo de concentración o cualquier sala de interrogaciones de una guerra cualquiera.
En definitiva, muy buen trabajo. Felicidades.

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